Aventuras y desventuras a propósito del sexo
“Mi cuerpo se me presenta como algo que no me pertenece. Me percibo como mujer, pero vivo en un cuerpo que los demás reconocen como un hombre”. “No me siento a gusto con mi cuerpo. Viejo, desgastado, irreconocible”. “Tengo 15 años y estoy angustiada por verme así, gorda, con el pecho demasiado grande, con tanta carne que no quepo en la misma talla que mi amiga, y eso me hace ser muy infeliz, aunque nadie lo entienda”.
En esta sociedad en la que vivimos, partidarios y detractores, siempre dispuestos a dividirnos y polarizarnos, también en esto del cuerpo, nos aproximamos y nos alejamos unos de otros.
Mi existencia es cuerpo
¿Cómo olvidarnos de nuestro ser corporal? Cada día reclama su dosis de atención: comer, dormir, vestirse, relacionarse. Somos, a través del cuerpo. Estamos, a través de nuestra presencia física. Este cuerpo es expresión de un modo de estar vivas. Fuente de gozo y de dolor, canal de comunicación, puente entre tú y yo. Si no lo sentimos con toda su intensidad, es porque “todo va bien”. Sin embargo, qué bueno pararse cada día, unos instantes para decir: soy cuerpo, materia viva, sistema auto-eco-organizado, como decía aquel.
Mi cuerpo es mi persona, no se puede separar del interior que bulle. Forman equipo mi materia y mi energía. Mi presente, mi pasado y mi futuro, confluyen aquí. Es manifestación plena, rotunda, única, inapelable, de mi ser que grita: “existo”.
¡Qué importante sentirse a juego con el cuerpo! Respetarlo, cuidarlo, sentirlo, acariciarlo, experimentarlo, aceptarlo en cada estación y tal como es, conjugarlo con este escenario que es el mundo sensible. ¿Estoy hablando de sexo, acaso? Sí, somos cuerpos, somos sexo, y el sexo no está solo en los genitales.
Disonancia corporal
¿Qué pasa si me vivo en disonancia con mi cuerpo? Como dice el inicio de este artículo, ocurre. Por diversas causas, también la cuestión del género, puede ser que mi cuerpo no sea lo que me identifique. Tratemos de reconocer el drama de esta posibilidad: vivir en mi cuerpo como en una cárcel que no me expresa, que no tiene nada que ver conmigo. Como tanto tiempo se ha considerado enfermedad, subyace la idea de que es una desviación, algo a evitar, a combatir, y en consecuencia se discrimina y se maltrata a quien se vive atrapado/a en un cuerpo extraño.
Esta sociedad (hecha entre todos), que divide (diabólica, por tanto), nos separa en bandos tolerantes e intolerantes ante la diversidad de género. Sí quiere, eso sí, que seamos jóvenes, delgadas y bellas, de ahí que tantas personas se sientan doblemente oprimidas. Patrones de lo que ha de ser que se introducen en el imaginario colectivo y en el subconsciente individual.
Más polémica aún
En los grupos de reflexión sobre ética se plantean disyuntivas: ¿Qué hacer ante niños que quieren cambiar de género/sexo? ¿Respeto a la autonomía ante todo? ¿Si además tienen algún trastorno mental? ¿Forma parte este deseo de cambiar de la enfermedad de base? ¿Si tienen que compartir habitación en un hospital, como considerarlos?
La polémica está servida. Partiendo de reconocer que el género es un invento cultural que dividió a la humanidad en dos, y ahora, en más, hablemos del sexo: cuerpo, biología y genética, expresión, identidad y gustos. Viene el tiempo, ya está aquí, en el que hablamos de personas. Seres que tienen una percepción de sí mismos y que buscan algo que sea verdadero en medio de clasificaciones y discursos interesados. Tampoco somos santas, las personas, y utilizamos el cuerpo, también sexualmente, para dominar, aplastar, avergonzar, para poner entre la espada y la pared, para chantajear a los demás.
Bajo el paraguas del género, se esconden falacias. Esas que iremos desmontando poco a poco para quedarnos con lo esencial. Eso que es invisible a los ojos.
Rosa María Belda Moreno. Médica y consellor
Revista Humanizar nº 199
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